Durante siglos, la disciplina (v.) fue el centro de la Pedagogía. Se exigía a los niños el silencio, el orden, como modelo de perfección. Esta actitud, aunque muy combatida en los últimos dos siglos, perdura en no pocas manifestaciones y criterios. P. ej., se prejuzga la labor de un maestro por el bullicio o la calma de su escuela, sin estudiar la eficacia docente. Pero, como es sabido, el niño no es un hombre en pequeño, sino que tiene una serie de necesidades intrínsecas. Su educación, dirá Rousseau (v.), debe ser ante todo natural. El maestro debe conocer, sobre todo, la psicología del niño, sus intereses, su vida, y utilizar toda serie de recursos para que se sienta cómodo y aprenda con gusto. De ahí lo que ha podido llamarse «pedagogía de la alegría». No se trata ya, en este caso, de la alegría como meta, como consecuencia de un logro de integración personal, sino de la alegría como método. Y, desde luego, al menos, la alegría se ha convertido en un estilo, una situación base en la cual se desarrolla la vida del niño. Así lo han hecho, p. ej., Pestalozzi (v.), que une alegría y amor al alumno como principios fundamentales de su enseñanza y, particularmente, el movimiento de la Escuela Nueva. Pensemos, p. ej., en María Montessori (v.), que declara como su fin principal la busca de la salud psíquica del niño, y así lo practica en sus famosas «casas de los niños». Pensemos en S. Juan Bosco (v.), quien consideraba la alegría como uno de los principales medios de educar. Ya de seminarista había fundado la « Societá dell'allegria». Luego, en toda su obra, insistió en esa actitud: quería que hubiese alegría en los patios de recreo, en el salón de estudios, en clase, en la capilla, etc. Señalaba, además, el benéfico influjo de la alegría sobre la inteligencia: «Para digerir el saber hay que haberlo recibido con apetito; ahora bien, la curiosidad no es viva y sana más que en los espíritus felices». En parecido sentido orientó toda su magna obra pedagógica Andrés Manjón (v.), que en sus Escuelas del Ave María buscaba sobre todo crear un clima de confianza, espontaneidad y alegría.
El juego, unido inseparablemente a la alegría, porque la produce espontáneamente y no puede ser practicado plenamente sin ella, es utilizado y orienta didácticamente todo el movimiento citado de la Escuela Nueva. El psicólogo suizo J. Piaget (v.) estudia cómo esta asimilación es sólo un aspecto de la adaptación total: los juegos de los niños se transforman poco a poco en trabajo. Es una forma amable de irse insertando en la vida adulta. Esto nos recuerda que determinadas situaciones suscitan en nosotros diversas actitudes según la manera de afrontarlas; p. ej., una tarea tomada como juego o como penosa obligación. Y ello también nos hace pensar que incluso cuando la alegría es exterior, esforzada, estimula la verdadera alegría interior, profunda. Salvo cuando se busca huyendo de la reflexión, de los problemas existentes, en cuyo caso es falsa y va seguida de un vacío cada vez mayor.
Dirección consultada: http://www.canalsocial.net/GER/ficha_GER.asp?id=5350&cat=educacion
Comentario:
Como vimos en clase en el primer tema, dentro de la educación en España hablamos de las escuelas del Ave María ( que se nombran más arriba), dentro de sus principios se daba mucha importancia al aire libre y en definitiva al alboroto y la alegría. También citamos algunos precursores de la Escuela Nueva que ya hemos estudiado (Montessori, pestalozzi, etc). Todos defienden como principio importante la alegría y sobretodo como método en la enseñanza ( como vemos en muchos de ellos que usan la naturaleza, la exploracion del niño de diferentes conceptos mediante el juego y el alboroto, etc), puesto que es más fácil llamar la atención de los niños y hacerles interesarse por aprender si se sienten alegres y felices y no sólo sentarles obligandoles a estar callados escuchando al profesor sin más, porque esto les resultará aburrido y se sentirán infelices y sin motivación alguna (aquí vendría muy al caso la frase de Pestalozzi que comentamos en clase)
Creo que es lógico pensar que cualquier persona ( más aún en el caso de los niños ), en cualquier tipo de actividad que tenga que desempeñar se volcará e interesará más si la actividad es divertida, alegre, dentro de un buen clima donde poder expresarse libremente, que si por el contrario, es algo aburrido, donde nos cohíben y a lo cual nos sentimos obligados y sin ningún deseo.
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